Parece que va a aparecer por la puerta como siempre… La tristeza es absoluta. La desolación nos traga en un agujero negro, invisible, sinsentido e infinito.
Cuando perdemos a un ser querido, a alguien importante que siempre ha estado ahí cerca, nos venimos abajo. Nos quedamos perplejos si la pérdida es de un día para otro. Como si tuviera que avisarnos alguien para ir haciéndonos a la idea.
La vida es muerte; mejor dicho, en la vida está la muerte, es su contraportada; pero no queremos verla; hacemos como que no existe, para aliviar momentáneamente nuestro dolor. Posponemos la certeza de que todo lo que comienza, acaba… pero hay más. No hay sólo eso. No todo es vacío y desolación.
Tras un tiempo inevitable, tras unos días, semanas y meses vagando por la oscuridad de nuestros sentimientos, podemos encontrar luces, destellos, atisbos de vida; de nueva vida; de otra vida. La siguiente vida, otra que se abre camino. La vida de otra persona, que hasta entonces no es nadie pero que puede llegar a serlo.
Y volvemos a empezar. Es duro terminar. Es duro parar. Es duro decir adiós. Pero ¿y los que ahora nos necesitan?, ¿y otras personas que pueden llegar a ser importantes otra vez?, ¿y los nuevos sueños?. Tras esperar,… pueden aparecer.
La vida es como una cadena, una sucesión de nacimientos, vidas, muertes,… y nacimientos de nuevo.
Démonos tiempo para ver todo esto. Como la tortuga de «Momo», de Michael Ende. despacio, pero hacia delante. Es el único camino.






