Las hay de dos tipos fundamentales, atendiendo a su mayor o menor respaldo científico. Los dos deben ser aplicados por psicólogos suficientemente hábiles en su aplicación concreta (los hay de muchos tipos y requieren habildades diferentes).
Unos ofrecen unos resultados que deben ser intrepretados de manera subjetiva. Y los resultados de los otros no están sujetos a criterios subjetivos de «ojo clínico»; sino que se basan en la comparación con otras personas de su grupo normativo: como nuestro cliente.
Este segundo tipo está respaldado por estudios sobre muchos sujetos; que se distrubuyen en la cuva normal o campana de gauss de las ciencias estadísticas; por lo que, dentro del margen de error o desviación típica que poseeen, nos suelen ofrecer una idea bastante acertada de la variable que pretendemos medir.
Los hay que miden ansiedad, depresión, habilidades sociales, adaptación, personalidad, inteligencia «tradicional», inteligencia emocional, clima laboral, habilidades del lenguaje, desarrollo cognitivo, atención, impulsividad, etc.
Debemos utilzarlos con prudencia; y siempre al servicio de los intereses de nuestros clientes; como un medio enfocado a la terapia; y no al conocer por conocer.
La habilidad del psicólogo clínico consiste en el punto medio entre medir, intrepretar, ofrecer recursos, escuchar, acompañar, … y el resto lo hace la persona que tenemos enfrente.
¡Qué proceso increible es la terapia psicólógica cuando se producen determinados cambios en aras del bienestra de la persona; y a raíz de una satisfactoria relación terapéutica!
Ya sólo el nombre da miedo… y es que nos referimos a acontecimientos que «han producido» (y evocan en la actualidad) emociones intensamente desagradables, dificultades físicas y molestias que contaminan nuestra vida cotidiana.
«La realidad no existe. Existen percepciones de ella; imagenes y contructos que nos hacemos de nosotros mismos y de nuestro entorno.» Esta afirmación, que puede parecer muy tajante revela la importancia de la percepción la construcción de nuestra propia identidad. No es lo que hay, sino cómo lo veo. Y aquí hay capacidad de decidir.
Leemos, oimos, degustamos, sentimos,… la memoria tiene la cualidad, entre otras de estar unida a nuestros sentimientos. Por lo que aprenderemos lo que sentimos; lo que emocionalmente nos impacta; agradablemente o desagradablemente.
Ciertamente, nadie la ha visto, pero muchas personas la sienten muy presente. Cuando somos actores de hechos pasados que han causado daño, el sentimiento de que nuestra persona va unida indefectiblemente a dichos actos puede hacernos mucho daño. El dolor de la culpa viene del interior de cada persona, de las explicaciones que ella misma dé sobre lo acontecido.
Las personas debemos dar canalización a dicho sentmiento a través de la protesta; pero deberemos ser lo suficientemente inteligentes, emocionalmente hablando, para que ese acto no se vuelva contra nosotros.
Pero el tiempo de reacción del miedo es limitado. Es decir, que no «podemos» sentir miedo durante mucho tiempo y muy intensamente, porque nuestro cuerpo se agotaría y comenzarían a aparecer consecuencias derivadas de ello: ansiedad, depresión, fobias, falta de control de los impulsos, iritabilidad, ataques de ansiedad, etc.
Cuando las personas no encontramos un sentido a nuestras vidas, cuando la monotonía y la rutina nos hacen tender a aislarnos, a repetir hábitos de conducta que no favorecen la socialización; es entonces cuando tenemos riesgo de vivir en soledad.
La superdotación y las altas capacidades son cuestiones que cada vez nos preocupan más. La tendencia en nuestra sociedad del conocimiento es a cuidar e individualizar más el desarrollo y la educación de nuestros hijos.